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Lágrimas negras



Las amargas gotas bajan una a una por el cristal.
Lento, no llevan prisa. No hay nada que las detenga.
Las miro de reojo, mientras, frente a mí, el cenicero quema un cigarrillo.

“Qué desperdicio”, pienso.
Un hombre no debería de beber solo. Es cuando la esperanza, lejos de perderse, parece más bien inexistente. No añoras nada, no buscas nada. Solo pasar la noche y no morir en el intento.
Beber solo es soledad y resignación. Es ira contenida. Es miedo.
Beber solo es repetir la misma canción, una y otra vez, hasta que haga mella en la memoria y su letra pierda poco a poco su significado, para hacerla propia.

“Vaya mierda”, me digo, mientras me sirvo otro vaso de ese líquido negro, amargo.
Lo tomo entre mis manos y lo bebo de golpe. Prendo otro cigarro.
Beber solo es soltar una o dos lágrimas.
Es tristeza.

“Lágrimas negras”, vaya nombre más acertado para una cerveza.
Beber solo es ser un poco suicida. Es rumiar los recuerdos, difusos por la embriaguez.
Es pensar escenarios que nunca van a pasar.
Es una serenata de incoherencias y pequeñas luces de indecencia.
Es un perro apaleado por ladrarle a la obscuridad, temeroso de lo que pueda encontrar a la mañana siguiente.

Las amargas gotas bajan una a una por el cristal.
Lento, no llevan prisa. Es la última cerveza que queda.
Por suerte aún tengo un poco de vodka, listo para ser tomado y olvidado, como lo será esta noche y aquellas donde me encuentre nuevamente solo.

No dejemos nada para nadie

Bien, no digamos nada.
Dejemos que el silencio nuble el caos que se avecina.
Enterremos las espadas y las caricias.
Nunca se ha visto cuerpo salir indemne de una cama.

Bien, bajemos la guardia.
Tú con tus demonios, yo con mis carencias.
Miénteme solo lo suficiente, solo un poco.
Que mi garganta acaba de incendiarse con lo que la asfixia.

Bien, deja que las lágrimas salgan.
Que sus ríos perezcan a lado del pecho.
Baja la mirada y olvida por un segundo de donde vienes.
Juro que tus palabras no serán usadas en tu contra.

Bien, tiremos la llave donde guardamos el pasado.
Que se pierda en donde yacen los viejos desamores.
Solo se necesita un momento dentro del cielo.
Para darte cuenta de que todo lo demás fue incierto.


Bien, matémonos de un tiro.
Un abrazo, un beso o un te amo.
No dejemos nada para nadie.
Que se pudra o renazca solo para nosotros. Y solo si así lo buscamos.


Poema del olvido

Déjame morir en la banqueta, junto a los huesos y los charcos. Que no se quede nada de mí, dentro de ti. Olvida que alguna vez fui tuyo y escupe al suelo cuando escuches mi nombre. Cambia el rumbo si es que pasas por las calles que fueron nuestras y maldice la heladería donde nos sentábamos a ver el tiempo pasar.

Deja que se diluya mi recuerdo entre tus manos, que se vuelva bilis el sabor que dejaron mis besos en tu piel. Quema todo, lo poco y lo mucho que deje atrás. Que no se te olviden las palabras que me dijiste al marcharte, deja que el rencor inunde tu alma y busca de nuevo a aquellas personas en las cuales te refugiaste antes que mi.

Busca debajo de las piedras una razón más para dejar de amarme, que la sangre hierva al son de aquellas canciones que te canté al oído. Olvida a Sabina, a Palomas y Radiohead. No dejes que tu parecer cambie, el tiempo no cura nada, entiérrame junto a las fotografías, el tequila y los bailes de salón.

El vacío será tu paz, porque, a pesar de todo, me encontrarás jugando en tus sueños y tus cortinas. Y entonces desearás nunca haberme dejado.

Roto



No me amas.
Te encanta la manera en que te hablo, como puedo contarte un cuento y una canción.
Pero no quieres oír cuando lo que haces me lastima.

Te encanta cuando te escucho, dejo que me digas todo aquello que guardas en tu sentir.
Pero me mandas callar al momento de que rompo mi coraza y vomito mis miedos.

Te encanta cuando quieres que te abrace, cuando estás de buenas y sientes que todo está bien.
Pero quitas mi mano cuando al verte llorar quiero tomarte entre mis brazos y decirte que todo pasa.

Amas cuando alimento tus sentimientos y lleno tus vacíos.
Pero no quieres compartir conmigo la mesa vacía, ni los tiempos muertos.

Amas cuando te obsequio aquello que buscaste por tanto tiempo.
Pero no guardas mis regalos cuando son aquello que nada más tengo, que no se los he dado a nadie.

Tú no me amas.
Solo amas como te puedo llevar al cielo, únicamente cuando tú quieres.
Pero no bajas al infierno conmigo, ni me dejas cruzarlo a tu lado.

Historia de un motel

Al momento de cruzar la puerta, esa vieja campanilla sonó, avisando mi llegada. La mujer detrás del recibidor volteo cansada a verme, muteo la vieja televisión que estaba colgada en la pared y me vio con ojos inexpresivos.

—¿Habitación para una sola persona?
—Sí.

Se dio media vuelta y tomó una de las llaves que colgaban de un viejo aparador, gastado por tantos años del metal rozando la madera. Titubeo un segundo y las dejo de nuevo donde estaban.

—¿Piensa hacer alguna tontería? —dijo, sin voltear a verme.
—No, no lo creo —le respondí.

Tomó la llave marcada con el número seis. No pude evitar fijarme que no era la que originalmente había tomado. Se volteó de nuevo hacia mí y estirando la mano que tenía vacía, hizo un ademán para que le pagara.

—Son 250 pesos, la habitación se entrega a más tardar las once de la mañana.
—Está bien, solo me quedaré una noche —le respondí, mientras sacaba de mi cartera tres billetes de cien y se los entregaba.
—Eso dicen todos.
— ¿A, sí? ¿Por qué lo dice?
—Porque todos vienen a morir aquí.

Salió del recibidor y se encaminó haca el pasillo, tenuemente iluminado por las luces que tintineaban arrítmicamente. Caminamos en silencio, yo detrás de ella, hasta el final del pasillo, donde la puerta con un número seis escrito en una hoja de papel amenazaba con desprenderse de la única cinta que lo le sujetaba. Abrió la puerta y se paró a un lado, dejándome pasar.

—Si necesita cualquier cosa, marque uno en el teléfono y vendré. No sirve la bocina del teléfono, así que no es necesario que hable o grite, no lo voy a escuchar. Que descanse.
—Gracias. Disculpe, ¿hay alguien más hospedado aquí esta noche?
—Solo una prostituta que tiene arrendado el cuarto todo el mes, pero ella no llega hasta las tres o cuatro de la madrugada, depende de como le vaya. Y un disque escritor, que lo único que hace es emborracharse todos los días y escribir pura basura. Dice que va a volver a escribir una novela ganadora de premios, pero lleva los últimos diez años pudriéndose en este lugar olvidado de Dios.

Entre a la habitación, y busqué el interruptor de la luz. Lo encontré a tientas en la pared de la derecha y dos lucecitas a un lado de la cama se prendieron. Era una habitación pequeña, sin radio o televisor. Solo un pequeño escritorio frente a la ventana, una silla de madera y la cama. Ni siquiera había un baño.

Me senté en el borde la cama y prendí un cigarro. Me quedé un momento viendo la puerta, la cual se veía que tenía lo que parecían unos arañazos sobre ella. Volteé a todos lados buscando un cenicero, pero no había. Descolgué el teléfono que estaba en el buró y marque el número uno. Espere unos minutos a que tocaran la puerta, pero no vino nadie. Colgué el teléfono y volví a marcar. Nada. Me levanté y me dirigí a la recepción. La vieja estaba viendo las noticias de la noche, ensimismada con el accidente de tráfico que se mostraba en pantalla.

—Le marqué hace rato. ¿Tendrá un cenicero que me preste? —la interrumpí.
—Sí, claro. También hay una máquina expendedora afuera, por si quiere algo de comer. Solo hay papitas y pan dulce, pero engañan el hambre. Y si quiere algo más fuerte, tengo unas botellas y un vaso limpio, por si se le antoja.

El recibidor era una pequeña sala con tres sillones love seat, gastados en los reposabrazos y un poco rotos en los asientos. Una mesita de centro y el tapete más sucio que había visto en mi vida, cerraban el conjunto. La televisión estaba colgada en la esquina del pequeño espacio y debajo de ella, una pequeña mesa ratonera con un teléfono.

—¿Qué tipo de botellas tiene? —pregunté, mientras me sentaba en el asiento debajo de la ventana, frente al pasillo.
—Whisky, vodka, tequila y si quiere algo más fuerte, una mezcla de hierbas aromáticas y especias con aguardiente. Especialidad de la casa.
—Whisky está bien. Con dos hielos y un poco de agua mineral, si tiene.

La mujer sacó de debajo de ella una botella de William Lawson, dos vasos, una botellita de agua mineral y un cenicero. Los llevo a donde estaba sentado y se sentó frente a mí.

—No es bueno tomar solo, a menos que así lo quiera. Y no tengo hielos —dijo, mientras servía dos vasos.
—Gracias.

Tomé el vaso y lo calenté un poco entre mis manos. Dejé el cigarro y le di el primer trago. El líquido quemó mi garganta, haciendo que tosiera un poco. El siguiente trago bajo más suave, y ya para el tercero, pude terminar mi copa.

—Tenía sed, hombre. Me alegra beber con alguien que no le tiene miedo a la bebida.
—Tengo años de experiencia.

—Lo entiendo, lo único que he hecho estos últimos treinta años es tomar y ver las noticias. Lo más lejos que he ido es a la ciudad por comida, pero nunca dejo este maldito chiquero. Compre este motel con mi esposo, llena de ilusiones. Pero a los dos años se fue con una clienta y me dejo aquí. Y ahora solo veo como me pudro junto con los muebles, las miles de historias de los que llegan y las botellas que se acaban cada noche.

La vieja guardó silencio. Yo la veía de reojo, mientras me servía otra copa. Tendría unos 50 años, aunque parecía más grande. Era gorda y llena de arrugas. Su mirada se mostraba endurecida detrás de unos grandes anteojos, cansada y con un dejo de decepción. Era una mirada que había visto mucho, a pesar de nunca dejar el lugar.

Le rellené su vaso, más por cortesía que por otra cosa. De un trago me tomé el mío y me serví otro. En la televisión las noticias se habían acabado y empezaba un teleanuncio. Afuera, el viento arreciaba, golpeando con su furia las copas de los árboles.

—Hace rato me dijo que todos venían a morir aquí, ¿es cierto?
—Sí. Literal y en sentido figurado. Hubo un año en él se suicidaron más de 50 personas, dos en una misma semana. Fue un buen año, la muerte atrae turistas y los turistas dejan dinero.
—Y, ¿por qué en sentido figurado?
—Porque también están los que quieren morir, pero no tienen los huevos de jalar el gatillo ellos mismos. Se matan con vicios, alcohol, drogas, soledad. Pasan las semanas o los meses y se van, para que tiempo después me entere en las noticias que los encontraron muertos sobre la carretera, sobredosis o tirados en cualquier terreno baldío. Nunca olvido un rostro, ¿sabe?. Los reconozco en la televisión y me acuerdo cuando estaban aquí, pudriéndose conmigo.

Sus palabras me hicieron reflexionar sobre mí mismo. Yo había ido ahí porque había decido terminar con todo. Estaba hastiado. Mi exmujer me había mandado los papeles de divorcio por correo, se había llevado a mis hijos y se había vuelto a casar. Mis hijos le decían papá a otra persona y todo por lo que trabajé se lo llevo la mujer que alguna vez amé. No tenía nada ni nadie y la muerte era el único escape al cual le encontraba un poco de cordura.

—¿Usted viene a eso, verdad? —me preguntó.

La miré sobresaltado. ¿Cómo podría saber a qué iba?

—¿Por qué lo dice?

—Vamos, no soy estúpida. Vi el arma debajo de su playera, en el cinturón. Conozco la mirada de los que ya no quieren seguir. Además, siempre se requiere algo de valor líquido antes de llevarlo a cabo —respondió, mientras con su dedo apuntaba al vaso que acaba de apurar.
—¿Tendría algo de malo? Digo, usted ha visto mucho.
—No, no tiene nada de malo. Lo único que me preocupa es que me cierren dos o tres días, mientras los federales hacen su investigación y que las manchas de sangre son difíciles de quitar. A mi edad ya no se tiene la misma fuerza en las manos. Y agacharme a fregar el piso hace que me duelan las rodillas una semana. Pero cada quien es libre de matarse cuando quiera. Bajo sus condiciones. La vida es muy mierda, como para todavía darle la oportunidad de decidir nuestra propia muerte. Eso es lo que digo.

Tenía razón. La vida se ensañaba con los olvidados, los soñadores y los que buscaban respuestas. Los únicos momentos felices que recordaba eran a lado de mi esposa, justo después de casarnos, con toda la esperanza de durar juntos para toda la vida. Pero no, se había terminado y eso era algo que yo no podía prever.

—Mi exesposa era una mujer muy bella — comencé a decir —Nos casamos hace quince años y fue para mí todo. Me desviví por ella, trabajaba dobles turnos y fines de semana, para que nada le faltara. Luego nació nuestro primer hijo y fui aún más feliz. Después tuvimos otro y un tercero. Me sentía el hombre más dichoso del mundo, pero mi trabajo y las deudas me exigían cada vez más, así que mi mujer empezó a ver la cama medio vacía, por lo que comenzó a llenarla con otros hombres.
—La historia de siempre. Siempre son ellas las malvadas, las que engañan, las que dejan. Pero nunca cuentan la otra parte. Lo que hicieron ustedes, lo que dejaron en el camino, lo que olvidaron. ¿Le sirvo otra?
—Sí, gracias.

Tenía razón. Había olvidado mucho en el camino. Había olvidado decirle que la amaba, que era lo más importante para mí. Había olvidado a mis hijos, sus presentaciones en la escuela, los viajes, los paseos. Solo me había dedicado a darles dinero, pensando que eso era suficiente.

—Para todo, los excesos son malos. Incluso las plantas se mueren de tanta agua que se les da. Uno piensa que nunca es suficiente, pero la verdad es que se olvida de lo más importante —sentencio.
—Tiene razón, fui un culero con ella. Nunca le pegue, pero olvide decirle que la amaba. No le grité, pero me enojaba por cualquier tontería. No la engañe, pero la deje marchitar.

Tome mi vaso y esta vez deje que el líquido ámbar bajara despacio. Me culpé y recriminé una vez más. Solo yo era el causante de mi miseria y eso era algo que no podía cambiar. Ahora, mi mujer estaba en los brazos de otro, mientras yo tomaba en un motel de mala muerte, con una anciana que no conocía y con el ruido de un televisor del que ahora sonaba el himno nacional.

—Bueno, cada uno tiene lo que le corresponde. No le pegó, engañó, o lo que sea, pero olvido lo más importante…

La campanilla de la puerta la interrumpió. Entro una muchacha de veintiséis, veintisiete años, como máximo. Se nos quedó viendo y se dejó caer en el sillón que estaba a un lado de mí. Tomo mi vaso y se sirvió una copa. La bebió de un golpe.

—Pinche día de mierda. Solo un cliente. Después llegaron los perros de la policía y nos tuvimos que ir.
—Ye te he dicho que dejes esa vida, que no te deja nada bueno, Silvia. Un día vas a desaparecer, o peor aún, aparecer en otra ciudad, vendida para un cabrón, que lo único que te va a dar son unas madrizas todos los días —le dijo la vieja.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Qué me ponga a limpiar casas, que me vaya a la ciudad a buscar trabajo en una tienda? No, yo no nací para eso. Me cogen desde los once años, y me seguirán cogiendo hasta que me muera. Por lo menos en este trabajo gano lo que quiero y si quiero voy o no.

Volteo a verme por primera vez a la cara. Me escudriño, como si quisiera entender mi alma.

—Se ve que necesitas una buena mamada. Tú dirás, 150, y te dejo terminar en mis tetas. 250 y te dejo que me la metas. 500 y seré tuya toda la noche.
—No, gracias. Ahorita lo menos que necesito es eso.
—¿Por qué? ¿Acaso no te gusto? —dijo, mientras se levantaba las tetas con ambas manos y se las masajeaba como si fueran un par de bolas de masa.
—No, no es eso. Solo no estoy de humor.
—Bueno, tú te lo pierdes. Pero cuando vayas a tocar la puerta de mi cuarto, te voy a cobrar más caro.

Silvia se quedó sentada en el sillón, mientras encendía un cigarro y jalaba el cenicero hacia ella. La vieja se sirvió otra copa y yo hice lo mismo, viendo la extraña mezcla de personas que estaban en ese lugar bebiendo. Me pregunté cuantas veces la señora había visto ese cuadro. Con cuantos viajeros había bebido, cuantas veces había escuchado a Silvia ofrecer sus servicios sexuales, cuantas veces había sacado una botella para verla morir en el lapso de un par de horas. Era una situación surreal, y, sin embargo, tan cotidiana y común. Tres personas olvidadas, con su propia dosis de desdicha, bebiendo. No importaba el género o la edad. Eran tres almas que clamaban por un poco de paz, y, porque no, también algo de olvido.

Hablamos de cosas sin importancia mientras nos acabábamos la botella. Yo compartía mi vaso con la prostituta, la señora se encargaba de llenar los vasos cuando estaban vacíos. No era lo ideal, pero la compañía le hacía bien a todos. Bebíamos en silencio, nadie tenía intenciones de irse a la soledad de su habitación.

Silvia se había acostado en el sillón. La vieja me veía con ojos aguardentosos, pero sin dejarse caer aún. A mí, la cabeza me daba un poco de vueltas.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Aún te piensas pegar un tiro?
—No lo sé. Así como estoy, no creo que pueda apuntar bien, es más fácil que me vuele la nariz y quedar como un idiota —me reí.
—Y si haces eso, solo vas a ensuciar a lo pendejo.

La vieja sirvió los últimos vasos y los bebimos despacio. Me levanté, pregunté cuanto le debía y me respondió que nada, que iba por la casa. Le di las gracias y me fui a mi cuarto.

Me acosté y saqué el arma. La vi un momento, en la penumbra de la habitación. Sentí el frío tacto del acero. Recorrí sus formas y la dejé sobre la almohada, a mi lado. Y justo antes de quedarme dormido, el teléfono sonó.

—Sí, ¿qué pasó? —respondí, somnoliento.
—No nada. — era la dueña —Solo quería ver si seguía vivo.
—Sí, aún sigo aquí. ¿Pero no había dicho que no servía el teléfono?
—Le mentí, quería que viniera para acá. Pensé que la bebida nos serviría a ambos. Y funciono —respondió, mientras de fondo se escuchaban los ronquidos de la muchacha.

Colgué el teléfono. Aún quería terminar con todo, pero no estaba en condiciones. Mi sueño era más fuerte que mi deseo de jalar el gatillo. Me quedé dormido, mientras afuera, el viento seguía arreciando, golpeando los árboles, amenazando con arrancarlos de su sitio.

Calla y no lo digas




No me digas que me amas
después de que haya matado una serpiente.
Cuando me ves como un héroe,
corriendo a protegerte,
dejando todo lo que esté haciendo para que te sientas segura.
Mejor dímelo cuando me veas sentado,
volviéndome humano,
y son mis miedos los que me atormentan.

No me digas que me amas
después de que te haya dado un regalo.
Cuando te sientes feliz,
porque eso que me pediste,
ahora lo tienes en tus manos.
Mejor dímelo cuando mis bolsillos estén vacíos,
con una flor en la mano que arranque por ahí,
y la desesperación está tocando mi puerta.

No me digas que me amas
cuando te busque o te mande un mensaje.
Cuando te haga reír con una tontería,
te invite a cenar a tu lugar favorito,
ese que encontramos justo para nosotros.
Mejor dímelo mientras estoy trabajando,
cuando mi espalda está cansada,
y el estrés del día a día me está consumiendo.

No me digas que me amas después de que te lo diga yo.
Cuando por compromiso o rutina se vuelvan palabras vacías,
con un dejo de sabor amargo,
sin sentimiento y con el corazón tibio.
Mejor dímelo justo antes de darme un beso,
en el momento que menos me lo espere,
cuando me veas y pienses que el amor no solo es fusionarnos en un cuerpo desnudo,
si no también cuando has visto mis imperfecciones y a pesar de ello, luzcan perfectas ante tus ojos.

Ensayo sobre las serpientes, Midas y los recovecos




Medusa no era consciente de sus poderes. Ella lo único que hacía era peinar sus serpientes, acicalarlas y dejar que el acondicionador resbalara por entre sus rizos vivientes. Para cualquier lado que mirara, había una piedra fría, inamovible. Iba por la tierra añorando ser amada por lo que fuera que pudiera lidiar con su maldición. Pero no, allá donde viera, no había más que rostros inexpresivos y humeantes, semejantes a la marca de Caín.

Caín tampoco podía entender su condena. Vagaba errante sin entender que el único pecado que había cometido fue haberlo dado todo por amor. Al pueblo que fuere le rehuían, a la ciudad que llegaba, le escupían. Intentó de mil maneras borrar la cicatriz que perforaba su frente, no obstante, en cada ocasión lograba que esta fuera más profunda. Y lo único que buscaba, era que alguien entendiera su pasión, alguien que le diera ese amor que él había dado y por el cual ahora era maldito. Alguien curioso, que viera más allá de la marca rojiza y palpitante, y rebuscara en su alma. Alguien como Edith, la mujer de Lot.

Edith fue castigada por su sed de conocimiento, no por su desobediencia. Aún en los últimos segundos, en los que poco a poco era convertida en sal, mientras observaba como Sodoma y Gomorra eran consumidos por el fuego, su mente lejos de arrepentirse lanzaba una última duda: ¿Por qué era castigado el entendimiento y premiada la ceguera? Su pensamiento, fugaz y consciente de su eminente muerte, llegó a la conclusión más lógica. Dios era un ser contradictorio, que presumía el libre albedrío, pero castigaba cualquier cosa que no estuviera dentro de su limitada moralidad. Dios era un ser vengativo, que buscaba la sumisión antes que la sabiduría. Dios era el dador de vida, sin embargo aquello que tocaba, lo destruía. Dios era igual que Midas.

Midas deseó que todo lo que tocara se convirtiera en oro. Y su deseo fue cumplido. Pero rápidamente se dio cuenta de que es muy bonito el dorado, pero a fines prácticos, inservible. Hay que recordar que ser tonto y avaro son cosas incompatibles y él, al ser muy avaro, no tenía un pelo de tonto, así que pronto encontró una solución a sus problemas. Los términos de su deseo, eran que las manos tenían la capacidad de convertir las cosas en oro, más no aquello que tocara con los pies, la boca o cualquier otra parte de su cuerpo. De este modo, inmensamente rico y joven, se llenó de sirvientes que lo atendían 24/7. La comida le era llevada a la boca por una serie de mujeres voluptuosas, el culo le era limpiado por un eunuco y lo vestían cuatro hombres con tareas específicas: uno dedicado a las prendas interiores, otro a los pantalones, el tercero a las camisas y prendas superiores y el último a los accesorios. Y cada semana los despedía, no sin antes darles carros cargados en oro, creado la elite mundial y las familias que aun hoy dominan la economía, las artes y la política. Pero Midas pronto se cansó de esa vida de opulencia y sedentarismo, así que empezó a buscar aquello que le era desconocido, rodeándose de brujos y hechiceras. Y un día, le fue presentado el mismísimo Hades, a quien le propuso comprarle a su perro, Cancerbero.

Cancerbero era un perro común y corriente que un día, tras perseguir durante un largo trecho una mariposa, se encontró ante las puertas del infierno. Sediento y hambriento, comenzó a rascar la puerta, aullar y mover la cola. Y Hades, quien por ese tiempo empezaba a crear sus huestes infernales y los niveles del inframundo, se dio cuenta de que necesitaba un guardián, ya que si un perro había podido encontrar su morada, era solo cuestión de tiempo para que algún despistado encontrara la puerta, entrara y se diera un paseo por entre los pasillos y husmeara en las habitaciones de su tétrica morada. Con eso en mente, tomo al can y le dio de beber y comer. Pero la comida del infierno es, a falta de una mejor explicación, diferente. Con cada bocado su cabeza se ensanchaba y su boca crecía, con cada trago de agua, los colmillos sobresalían y la baba que producía se multiplicaba. Pero Hades no podía hacer nada, porque el perro no estaba entrenado, y cada vez que aproximaba la mano para quitarle el plato, este le soltaba mordidas, le gruñía y no le permitía acercarse. Cerca de terminar, y debido a los constantes esfuerzos del Dios de los avernos por privarlo de su comida, le salieron otras dos cabezas al animal, lo que hizo aún más imposible la tarea. Y Hades considero que después de todo no estaba tan mal. Al final de cuentas, un perro de tres cabezas es más imponente que uno normal. Solo había un problema. El perro era un juguetón incasable y más que cuidar la puerta del inframundo, corría el riesgo de que se fuera detrás del primer ser humano que le perdiera el miedo, tras descubrir que las tres cabezas eran más una malformación que un peligro. Así que tomó la única compañía que tenía y, luego de una rápida operación, la unió a la cola del animal. De esta manera, la serpiente que no hace mucho había sido expulsada del paraíso junto con Adán y Eva, encontraba un nuevo trabajo: supervisar al nuevo celador.

Aquella serpiente muchos creen que era el Diablo en persona. Pero nada más fuera de la realidad. El Diablo apenas andaba organizando su revolución, distribuyendo panfletos y creando marchas allá en el cielo. No tenía tiempo para andar bajando al paraíso, lugar que, además, le parecía aburrido. Árboles frutales, animales y dos personas desnudas, quienes no hacían nada interesante más que comer y dormir, ya que de sexo ni hablamos. Acuérdense que Dios tiene una moral muy cuadrada. No, la serpiente no era el Diablo, la serpiente era Dios mismo, quien, al ver que sus hijos le obedecían y no comían del fruto prohibido, el tiempo se le venía encima y no encontraba la forma de hacer cumplir las sagradas escrituras. Por lo que se convirtió en una culebra y de esa manera mataba dos pájaros de un tiro: expulsaba a sus retoños y de paso maldecía algo, nada más para no perder la costumbre. Así que después de lograr su cometido y fingir enojo, hacer su berrinche y desterrar a su creación, calumniaba a una especie entera, los reptiles, quienes después de muchas generaciones y entendedores de que nunca más volverían a agradar al Creador, encontraron su refugio entre las cuevas y los recovecos, aprendieron a escuchar los murmullos de la noche y supieron descifrar las lenguas inaudibles de los espíritus, los chamanes y las brujas. Mismas que un día, pusieron en la cabeza de Medusa cientos de serpientes, no como una maldición, sino como una bendición, para que antes de que cualquier hombre pudiera lastimarla con palabras vacías y regalos insulsos, falsos te amo y promesas incumplidas, ella los convirtiera en piedra y así, no dejarse engañar por estos. Solo que no calcularon un pequeño detalle: Medusa, al igual que todos en esta vida, aun a costa de mentiras y traiciones, aun sabiendo que la felicidad es efímera y perecedera, lo único que ella buscaba, es ser amada.

Pasión, cólera, olvido




Aún recuerdo aquella vez, cuando en ese viejo bar donde el jazz sonaba detrás de un par de cervezas obscuras, bese tu mano y me robaste el aire con tus ojos. Tu cara nerviosa se perdía entre risas y pequeños tragos, mientras yo fingía seguridad, leyendo tu palma y mintiéndote con que esa noche conocerías el significado del amor.

Bebimos hasta que los sentimientos fueron más fuertes que la conciencia, dejándonos llevar por risas y coqueteos, dos locos reencontrándose, ya nos conocíamos de toda la vida. Sutilmente, me pasaste una servilleta, en donde escribiste tres palabras que fungieron como un resorte en mi espina, pagando la cuenta y arrastrándonos al maltrecho Shadow '92 que conducía.

"Sácame de aquí", te llevé a mi departamento. Ese en donde solo tenía una vieja cama, un bajo eléctrico recargado en la pared y el atrapasueños dibujaba sombras bajo la luz del foco por toda la habitación. Nos besamos despacio, sin prisas. No teníamos nada en contra. La sabana transparente cubría la única ventana, siendo aquella farola la única testigo cuando el colchón acarició tu espalda desnuda.

Recuerdo como tu piel se estremeció en mis brazos, las caricias no eran problema. Lentamente, te mostraste ante mí, deseosa de firmar aquella noche de marzo en fuego y semen. Dibujé con mis dedos el borde de tus senos y mis yemas se aprendieron cada arruga de tus pezones. Tus caderas se contoneaban sobre mi pelvis y tus pequeñas uñas se clavaron sobre mi pecho. Tu miel inundó mi sexo al momento del éxtasis y, mientras gritaba que te amaba, gemiste mi nombre sobre mi oído. Al terminar, cansada, te diste la vuelta y bese tu espalda. Y supe en ese momento que ya te había perdido.

A la mañana siguiente te habías marchado. El aroma de tu perfume sobre la almohada, tus bragas rojas a un lado de mi pantalón; esas eran las únicas pruebas de que no me había vuelto loco, imaginando la fusión de nuestros cuerpos la noche anterior.

Salí a la calle presa de mí mismo, te busqué entre avenidas repletas de autos, detrás de cientos de árboles, en tiendas de abarrotes y bares. A cada segundo que pasaba, sabía que se alejaba un poco más la suerte de poder encontrarte. Dentro de mí crecía la certeza de que todo lo que hiciera era en vano, pero no podía darme por vencido. Sabía que no era que no pudiera dar contigo, solo no querías que te encontrara. Hasta que por fin, cuando la noche tocó el suelo, regresé derrotado al frío de mi habitación.

Abrace esas bragas que la noche anterior te había arrancado y lloré. Maldije el segundo en qué te había conocido, maldije esos labios, esos ojos cafés, esos en dónde por un momento había visto el cielo. Maldije tu cuerpo donde había olvidado mi existencia, pero, aun así, lo que más rabia me daba, era el hecho de que mi enojo no era contra ti.

Me odié por haberme permitido amarte de esa manera. Por haberme quemado tocando el sol con tus caricias, por no entender en qué momento cambié mi soledad por un poco de tu amor. Y así pagaba las consecuencias.

Aún recuerdo como tu ausencia se llenó de botellas vacías y sonrisas pagadas. Como pase de ser yo, a perderme entre los despojos que buscaban entre la basura unos brazos que no tenían la culpa de mi miseria. Y poco a poco olvidé el brillo de tu cabello y el sentir de tu piel en mis manos. Poco a poco esa tela roja se fue escondiendo cada vez más atrás en el cajón, perdiendo color y llenándose de polvo. Olvidé el tamaño de tus pies y las yemas de mis dedos conocieron nuevas arrugas. Tu rostro se desvaneció y perdió sus rasgos en mi memoria, hasta que finalmente, un día odié haberte olvidado.

El único problema es que, a veces, aún recuerdo aquella lejana noche de marzo, cuando fuiste mía y al día siguiente me habías abandonado.

El sutil vuelo de una mosca




¿Has visto alguna vez el vuelo de una mosca? Errático, dominado por el azar, en giros y quiebres sinsentido, forma o dirección. Caótico, verlo es jugar a predecir el futuro. No sabes para donde se dirige, hacia donde voltear. Lo observas fijamente, intentando controlar sus acciones con tus ojos. Quieres hipnotizar el anárquico destino que desconoces, como lo ansiaste hace tiempo, cuando los te amo perdieron significado y te aferraste a lo único que pretendías verdadero. Pero no, igual que aquella vez, ella sigue en su sitio, limpiando su cabeza con las patas diminutas, indiferente de tu presencia.

Ensimismado sigues sus movimientos. Ella se ha movido unos pocos centímetros, sin saber realmente por qué. No hay viento, luz, algo que la moleste, solo se ha movido. Es parte de su naturaleza, la bella acción del caos, sumado al azar, la que rige su vida. Y bajo esta misma premisa, sin una razón, levanta el vuelo. Sus transparentes alas revolotean, agitando las motas de polvo debajo de ella. Y les ha dado vida. Una vida efímera y carente de propósito, que solo sirve como una metáfora del ayer. Observas fascinado la danza de las partículas suspendidas en el aire -cuando la conociste-, como caen en círculos que cada vez se hacen más cerrados, entrelazándose unas con otras -los años que vivieron juntos-, hasta encontrar la muerte en la superficie fría de la que nacieron -cuando se separaron-. Y ella, la mosca, con sus alas ha dado por un momento vida. Y ni siquiera se ha dado cuenta de ello. Es hermoso el confuso capricho que la hace ir y venir, dominada por la casualidad, aquella que ahora la lleva a posarse en el dorso de tu mano.

Con extrema suavidad, como si acariciaras el cabello de una mujer, levantas el brazo y lo pones frente a ti. La mosca se mantiene inmóvil. No tiene idea de lo que eres. Siempre libre, solo eres una mancha fugaz que vivirá en su memoria el tiempo exacto que estés frente a ella. Y después te habrá olvidado, como se olvidan los rostros del colectivo que día a día te acompañan al trabajo, como se olvidan las discusiones que ahogadamente escuchas mientras te diriges al bar más cercano, como se olvida el hielo en la copa que bebes, antes de regresar a la miseria de tu habitación. Para la mosca no eres más que el imperceptible grano de sal que queda después de haberse evaporado una lágrima. Sus pequeños ojos voltean, sus pequeñas patas los limpian y sus hermosas alas se elevan. Y ahora, te quedas únicamente con el recuerdo de lo que fue y no volverá a ser. Porque ella se ha ido, sin saber por qué, dominada por el caos y el azar que rigen una vida llena de incertidumbres, sorpresas, miseria y sutiles vuelos que la trajeron hacia ti y un segundo después, te la han arrebatado.

Pero recuerda, me debes una lavada de trastes

Para Abi.

No, no te confundas. No te estoy reclamando nada. No es mi intención, ni mucho menos. Solo es un recordatorio que espero llegue a donde quiera que el destino te haya llevado, después de arrancarte tan imprevisiblemente de nosotros.

No, no te lloramos demasiado. Solo lo necesario para recordarte, llevarte y tatuarte en un trío de corazones que ahora se han quedado sin quien proteja sus tropas. Aquellas que interrumpían las noches perezosas de Willy y Morgan, que ahora no saben que hacer, sin un general al cual seguir y que se quedarán paradas indefinidamente en el vago recuerdo de un sistema que tiene tantas fallas, que incluso mata a su propia gente.

No, no te arrepientas. Porque fuiste y serás aquella que compraba sus propias armas que llevar a la guerra, porque fuiste la que no sucumbió ante aquello que nos caracterizaba, porque eras feliz y así nos los dijiste en incontables veces. Dándonos esperanza en este mar de viejas sirenas, que con sus cantos de depresión y ansiedad querían llevarnos, pero que, con los tuyos, nos mantenías cerca.

No, no temas. Aquí estaremos, hasta que nos dure. Porque si algo queda en el aire, es que Dios no cumple caprichos ni tiene planes. Mantendremos en alto la memoria y tendremos más noches donde nos acompañes, solo que ahora estarás en todas y ninguna, a nuestro lado y sin tocarnos.

No, no hay nada más que decir. Afortunadamente te lo dijimos todo, cada quien a su manera y a su tiempo. Sin quedarnos nadie con nada, que a final de cuentas eso es lo que importa cuando ya no puedes hacerlo en persona. Y así nos lo dijiste igual, lo cual es de agradecer, ahora que sabemos que la vida es muy corta.

Solo recuerda que, aunque no me lavaste los trastes, estarás aquí, en cada uno de nosotros, siempre.

Oda a la tristeza del enamorado

Sí, llámame idiota.

Porque me arrastro tras tu sombra, recogiendo aquellos cabellos que dejas caer, para tejerme una manta que huela a ti.

Por jugar a ser alguien invisible, solo rozando tu mejilla cuando esa lágrima te acaricia. Aquella que no puedes borrar y se presenta cada tanto, recordándote que no la quieres dejar ir.

Sí, llámame idiota, por tratar de pintar una sonrisa que lave tus penas, incluso cuando estas se presenten en días de sol y nubes sin forma.

Porque el tiempo ha dejado huella, vacío e infinitas tomas, reflejando en el espejo las fotografías de aquella vez que le cante a tus oídos sordos, y tú solo atinaste a bajar la mirada.

Sí, llámame idiota, porque lo único que permites es verte a lo lejos y saberte intocable, dentro del muro de cristal y acero que has construido, frio y terso, como lo es tu piel, hermosa e impenetrable.

Por querer todo y nada, ensayando durante las noches la forma de tomar tu mano, una y otra vez, en un sinfín de posibilidades y sueños rotos.

Sí, llámame idiota.

Porque intento acercarme de mil maneras, ya sea bajándote el cielo o consumiéndome en el infierno, aquel par de lugares que inventaste para mí, donde con tus palabras o tus escasos besos me transportas de uno al otro, sin miramientos o remordimientos.

Riéndote de como sigo tu sombra, contando los cabellos que dejas caer, para que esa manta jamás pueda encontrar fin.

Invisibles anónimos A.C.

—Hola, mi nombre es Alejandro y soy invisible.

Habían pasado unos meses desde que Alejandro había descubierto que, sin motivo aparente, ya no podía interactuar con nadie en este mundo. Ese día se había levantado de la cama, después del mediodía, con una resaca a la cual ya se había acostumbrado. Llevaba tomando casi a diario durante las últimas semanas, por lo que el dolor de cabeza era ya mas bien como el zumbido de un viejo motor, ese que la primera vez que escuchas es insoportable, pero conforme pasa el tiempo se vuelve parte de tu vida, llegando a ser tal, que no puedes dormir sin escucharlo.

Se pasó el día escribiendo como un obseso, intentando terminar ese último libro que había dejado enterrado. Cerca de las once, se dio cuenta de que los cigarros no le serían suficientes para sobrellevar la larga noche, por lo que salió a la calle en busca de alguna abarrotera abierta.

—Buenas noches, don Gerardo, diez cajas de cigarros por favor —le dijo al tendero ni bien entro a la tienda.

Don Gerardo pareció no escucharlo. Mas bien, no lo escuchó. Siguió en su faena, limpiando el mostrador, dispuesto a dar por terminada la jornada.

—Don, diez cajas de cigarros —le repitió, con un tono más fuerte. Aún no estaba lo suficientemente ebrio como para perder la compostura, pero tampoco tenía la necesidad de lidiar con un anciano parcialmente sordo.

El señor siguió con sus cosas. Alejandro, quien ya se empezaba a hacer una fama de borracho, pensó que si los vecinos empezaban a ignorarlo -en un intento burdo para que se fuera- por sus desmanes de fin de semana, para él mucho mejor, ya que no tendría que hablar ni ser hipócrita con los demás. Así que tomo las cajas, dejo el importe exacto y salió. De camino al cuarto donde vivía, se le pasó por la mente si había visto al anciano tomar el dinero, pero ya llevaba la cabeza un poco nublada y a los pocos pasos ya se le había olvidado el tema.

Paso los siguientes dos días encerrado, bebiendo, fumando y escribiendo. Ese maldito libro le estaba haciendo perder la paciencia y la cordura, pero no podía dejar de trabajar en el. Comenzaba a desesperarse y a querer mandar todo al diablo, pero sé dijo a sí mismo que lo mejor era salir a tomar un poco de aire fresco. Además, no había comido en unos cuantos días, por lo que llenar la barriga le pareció una buena idea.

Tomo algo del dinero que le habían pagado por uno de sus ultimo cuentos y salió a la calle. Se dirigió a la fonda donde siempre iba, esperando que la hija de doña Coco estuviera ahí.

La hija de la señora era de las pocas personas que aún le regalaba una sonrisa. Era una joven bella, de buenas piernas, con el cabello largo y negro. No pocas noches se había quedado dormido pensando en ella. Y ella parecía retribuirle un poco, ya sea sonriéndole o tocando fugazmente su mano al momento de pagar. Era un coqueteo sutil e infantil, pero coqueteo al fin.

Llegó al pequeño local, con sus tres mesitas y su decoración basada únicamente en dos cuadros religiosos, uno del Sagrado Corazón y otro de Cristo Redentor y una repisa donde estaba un vaso lleno de flores sintéticas, donde el polvo acumulado sobre el ponía en evidencia los años que llevaba en la misma triste posición. Para su fortuna, la hija estaba atendiendo, por lo que eligió una mesa donde pudiera observarla el mayor tiempo posible y se sentó.

—Hola Blanca, buenas tardes.

La muchacha no presto mayor atención. Ni siquiera lo volteo ver, raro, ya que siempre que iba le tomaba la orden ni bien entraba. Alejandro empezó a inquietarse.

—Hola, ¿es que acaso no me escuchas? —le reclamo. —¿O tú también vas a jugar a ignorarme?

Blanca siguió en lo suyo, sirviendo una jarra con agua de jamaica. Era como si no estuviera ahí.

—¡Estoy aquí, me ves! ¿Alguien me ve? —gritó, pero nadie de los presentes hizo caso alguno.

El límite a su paciencia había llegado y en un arrebato de furia, golpeo el improvisado florero, tirándolo al suelo haciéndolo añicos. Golpeo la mesa y azoto el salero contra la pared. Nadie se inmutó. No era indiferencia, era algo más. Era como si realmente NO estuviera ahí.

Zarandeó a la muchacha por los hombros, pero ella no respondió a su ataque. Estaba inerte, ausente. No reacciono en lo más mínimo. Después de su arranque, salió del local, temeroso de que fueran a llamar a la policía y tener que pasar unos días encerrado, pero a medio camino se calmó y regreso a pedir disculpas.

El florero que minutos antes había quebrado seguía en su lugar, intacto. El salero que había arrojado contra la pared estaba en la mesa. Las manchas rojas que había dejado en los brazos de Blanca ya no estaban más. Horrorizado, confundido y alterado, salió corriendo a la calle, preguntando a cualquiera que pasaba si lo veían. Nadie contesto. Se paró frente a un auto y este no hizo el intento de detenerse, tuvo que ser él quien se moviera en el último segundo. Era como si fuera invisible. Él aún podía sentir, verse, reflejarse en el espejo, tomar las cosas y respirar. Pero nadie más lo veía, no existía, era un ser que no extrañaba nadie, olvidado.

Pasaron los días y poco a poco fue acostumbrándose a su nueva condición. Ya no tenía que pagar por nada, por lo que el alcohol y sus demás vicios fluyeron como el agua, termino su libro gracias a las nuevas ideas y experiencias que tenía al poder hacer y deshacer lo que quisiera, incluso viajo a muchos lugares que antes no podía por falta de dinero y conoció un sinfín de cosas, gente y culturas. Hasta que eso también termino por aburrirlo, haciéndolo volver a su viejo cuarto, donde él ya había sido invisible, mucho tiempo antes de realmente serlo.

Y así, después de aceptar que su situación era permanente, pensó que posiblemente no era el único que pasaba por eso, por lo que cada jueves abría las puertas de su hogar, colgaba un letrerito que rezaba “Invisibles Anónimos A.C.”, acomodaba unas cuantas sillas y servía café en una olla.
Y cada vez abría las sesiones con un “Hola, mi nombre es Alejandro y soy invisible” esperando que alguien se presentara, invisible, eso sí, pero por lo menos de esa manera se imaginaba que estaban ahí y mentirse, para no sentirse tan solo.

Oculta

Siempre oculta, temerosa,
no dejas que nadie se acerque.
Arrastrando las heridas y espadas de viejas batallas,
sangrando durante la noche, recostada en tu cama.
Sintiendo ese dolor que no mata, solo punza,
todo el día, todos los días, ocultado las heridas debajo de esa piel tersa.
Injustas llagas que derraman gotas de desasosiego y soledad.

No puedes detener el paso del tiempo, solo quieres permanecer inerte.
Sin sentir nada.
Sin escuchar nada.
Sin ver nada.
Sin vivir nada.

Oculta, siempre detrás de un velo de falsa tranquilidad,
no te muestras ante un mundo que te abandono hace mucho.
Esperando que una brisa te arrastre por entre callejones y salidas.

Puertas de cobre, cerradas con los candados de tus miedos,
escondiste tan bien las llaves que las has perdido.
Y ya no quieres buscarlas más,
encerrada por siempre en tu celda de papel y fuego.
Tan fácil que es quemarse o romperla,
pero no tienes la fuerza para hacerlo, no quieres levantarte.

No tienes motivos para nada más.
Temerosa de dar el primer paso,
porque levantarte duele.
Y permanecer recostada también, solo que un poco menos.

Autosabotaje



No te vayas a enamorar de mí. Porque te voy a olvidar.

No pienses en mí, porque no sé cómo amar. Posiblemente te cante al oído y eso sea suficiente. Te besaré como nunca lo han hecho. Pero será solo por un tiempo, después me voy a alejar. No sé cómo querer y, lo he intentado, créeme, pero al final del día, no estaré ahí.

Te amaré como eres, besaré tus defectos y los haré míos. Serás hermosa ante mis ojos y te los prestaré para que tú te veas así. Pero no sabré como curar tus heridas. Las acariciaré, claro, pero no esperes mucho más. Porque un día estaré y al siguiente me habré ido. Sin decirte adiós.

Te sobaré el alma y beberé de tu amor, hasta dejarte seca. Pasaré noches enteras abrazándote y harás de mi pecho un refugio que un día voy a cerrar. Me verás a través la ventana y llorarás, pero será tarde. Te consolaré un tiempo y sentirás que todo está bien. Pero no es así. Poco a poco me verás caer nuevamente y no podrás hacer nada.

No te vayas a enamorar de mí, porque te amaré como nadie lo ha hecho. Porque te quiero solo para mí, haré lo imposible por hacerte feliz, robaré, mentiré, engañaré y si es necesario, mataré. Hasta que lo deje de hacer. Y empezaré a amarte en silencio, de madrugada, con dolor. Porque no sé ser de otra manera, no es que lo quiera, pero siempre termino arruinando todo.

No me quieras, porque te escribiré cuentos que nadie más ha escuchado. Te enamorarás de lo que puedo llegar a ser, pero en el fondo no tengo nada que ofrecer. Acariciaré tu cabello hasta que te duermas y después me iré. Y te quedará una cama vacía, ausente. Y te seguiré amando, de lejos. Y moriré. Cuando te vayas y decidas que es suficiente.

Por favor, no te vayas a enamorar de mí. No me quieras, ni se te ocurra amarme.

Porque cuando todo acabé, nos faltará una vida para olvidarnos.

Comedia de (des)amor número 4

Róbame el aliento.
Ese que se ha quedado a un instante de acariciar tus labios, asfixiándome debajo de las repisas, donde el polvo se acumula junto al cabello que dejaste.

Róbame los sueños.
Que no dejan de aparecer después de unas copas y sexo sin sentido. Porque alimentan mis demonios, aquellos que solo tú sabias que existían. Pero no me enseñaste como encerrarlos, para poder olvidarlos junto a las velas que queman poco a poco tu reflejo.

Róbame el tiempo.
Los días diecinueve, noviembre y los viajes en autobús. Llévatelos, junto a las iniciales, las canciones, las madrugadas y los cafés a medio tomar. No olvides nada, haz lo que quieras con ellos, quémalos, destrúyelos y entiérralos en lo más profundo de un corazón lleno de lodo, azúcar y pasión.

Róbame el tacto.
Que todos los días se arrancan las uñas para no buscarte, que mueren a cada día por poder volver a tocar tu piel llena de perfección suicida, arrastrándose a cada minuto, interminable agonía olvidada dentro de vasos rotos, tequila barato y baños sucios.

Róbame el alma.
Que nunca fue mía, ni de nadie más. Porque está rota, repleta de quemaduras de cigarro y besos, allá donde no sabía que se podía entrar. Un pedazo de esencia que suplica un día más, una noche más, una caricia más, una vida más.

Róbame la muerte.
Que es lo único que me queda para darte, entre calles desiertas, autos y camiones, que pasan sin saber que son el único consuelo que tengo, cuando mi existencia se arrastra esperando poder volver a volar sobre tu vientre, acariciando tus rodillas y llorando dentro.

La soledad y Francisca

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”

Francisca cerró el libro por enésima vez. A lo largo de su vida, había intentado leerlo en muchas ocasiones, pero esas líneas siempre se le hicieron vagas y aburridas, por lo que sentía el impulso de cerrarlo, aventarlo al cajón de la mesa de noche y olvidarlo durante un largo tiempo.

Ella era una mujer mayor, de unos setenta y tres años, aunque aparentaba más. De cabello rizado, menuda y morena, se había embarazado muy joven. La casaron con el único hombre que había conocido y desde entonces se dedicó a traer hijos al mundo, darles de comer lo que pudiera y sufrir en silencio las continuas infidelidades y menosprecios que vienen acompañados del matrimonio típico del siglo XX. A los veinte ya tenía dos criaturas que cuidar, pasando sus años de juventud cansada de limpiar culos y suprimir lágrimas. Luego, a los treinta, los mejores de cualquier mujer, ella estaba fregando pisos, limpiando el vómito de un esposo ebrio y curando las heridas de una hija que empezaba sus tropiezos en los despeñaderos del amor. Entre los cuarenta y cincuenta, en vez de estar planeando su vejez, tuvo que lidiar con la muerte, la enfermedad y la tristeza de ver sus sueños diluirse y su familia separase poco a poco. Y ahora, al final de su vida, volteando la vista atrás no le quedaban más que recuerdos semiamargos, melancolías con ligeras pinceladas de felicidad y soledad.

El único pasatiempo que siempre la acompaño en la travesía fueron los libros. Era su manera de escapar unos minutos de su realidad, sumergirse en otros mundos y hacerlos un poco suyos. Desde Lovecraft hasta Rice, nunca dejo uno solo sin terminar. Leía en las bibliotecas, en las horas de sueño y en las bancas, viendo a sus hijas jugar. Robó muchos libros, otros tantos los pedía prestados y los devolvía hechos jirones. Y cuando por fin una de ellas pudo regalarle una vieja laptop, descargo decenas de ellos, infectando la computadora de virus muchas veces, pero no le importaba, ya que mientras el archivo abriera, era más que suficiente. Y así, a sus setenta años, sin tener una librería privada llena de la única pasión que disfrutaba, había leído más que cualquier persona que conoció, incluso podría decirse que más que varios autores de los cuales disfrutó.

Pero hoy, después de haberse dedicado toda la vida a su familia y a sus letras, la vista la fallaba y las ganas de vivir se han esfumado. Por lo que había decidido que al final de la semana se cortaría las venas, yéndose tranquila y en paz. Tomando, quizás, la única decisión propia desde aquella lejana vez que se dejó amar por el que fuera su esposo.

***

“…y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.”

Adriana se quedo mirando ese último párrafo largo tiempo. Esa sensación de felicidad y tristeza, con un dejo de vacío que aparece cuando terminas de leer un libro comenzó a embargarla. Le habían regalado ese libro una mañana, mientras acomodaba su café en el escritorio de la pequeña oficina que recientemente comenzaba a ocupar en una gran transnacional. Al ser nueva y sin mayores responsabilidades, tenía mucho tiempo libre durante las horas laborales, por lo que un compañero del área técnica que no ocultaba su gusto por la ella, se había tomado la libertad de regalárselo, envuelto en un papel rojo de celofán, con una tarjeta que decía, en un intento burdo de galantería: “espero que disfrutes leer este libro, tanto, así como yo lo hago de ti, cuando te veo cada mañana y trato de leer tus ojos”. Por su puesto que ella no estaba tan interesada en él, aunque ese detalle le había robado un suspiro que trato de suprimir al instante, pero no pudo callar su mente al pensarle durante el resto del día.

Había leído de un jalón las más de cuatrocientas páginas, sumiéndose de lleno en la lectura. Incluso le había robado horas al sueño, por lo que su dosis de café había aumentado un poco durante las dos semanas que le duro el libro, ese viejo placer que había aprendido de su padre. Hombre fuerte y determinado, le enseño tres cosas. A leer, a luchar cuando fuera necesario y a respetar a los mayores. Es por eso que todos los lunes, después de salir del trabajo, salía directo al único asilo de ancianos de la ciudad y pasaba unas cuantas horas leyéndoles, para así aliviar un poco su soledad y a la vez, calmar la propia.

***

Adriana conoció a Francisca una tarde de enero, en el momento justo en el que la anciana arrojaba algo dentro de un cajón. Ella se mostraba irritada, decepcionada, incluso frustrada. Adriana cruzo lentamente la puerta, sabía que los viejos podían ser difíciles de tratar, mas cuando llevan mucho tiempo abandonados. Se vuelven mezquinos e irritables, pero ella sabia que llevarles un buen libro y acompañarlos mientras les leía, podía tumbar cualquier barrera que se pusiera enfrente. Así que con una sonrisa en el rostro se presentó.

—Hola, buenas tardes. ¿Francisca, cierto? Me llamo Adriana, soy voluntaria en este recinto y mi especialidad es leerles a aquellos que ya no pueden o les cuesta trabajo hacerlo.

—Hola Adriana, si soy Francisca. Disculpa si hace un momento me enfade, no es mi costumbre. Pero soy vieja y justamente, leer es lo único que me consuela. Pero mi vista ya esta cansada y hay un libro en especial que se me ha resistido toda la vida. Jamás he pasado del primer párrafo y, a pesar de ser un clásico de la literatura, nada mas no logra engancharme.

—¿Y cuál es ese libro? Digo, si se puede saber.

—Cien años de soledad, de Gabriel García Marques.

Adriana trato de ocultar lo mejor que pudo su asombro. Justamente ese era el libro que llevaba en la bolsa y no podía creer que algo que le había gustado tanto, que había recibido tantos premios y que era aclamado a nivel universal, no “enganchara” a esta mujer, que irónicamente decía que leer era su consuelo. Simplemente no podía creerlo.

—Oh, nunca pensé que hubiera alguien a quien no le gustara —dijo ella.

—Pues sí, llámame tonta o lo que quieras. Pero simplemente no puedo continuar después de, lo llevó a conocer el hielo. Me se de memoria el primer párrafo de tantas veces que he intentado leerlo, pero en ese punto exacto, cierro el libro y lo olvido, hasta que nuevamente me entra el gusanillo, para simplemente repetir el ciclo. Y hoy, que mi hora esta cerca y veo a la muerte cara a cara, quise darle una ultima oportunidad. Pero no pude. Y será una cosa mas de la cual arrepentirme que me lleve a la tumba.

La joven se sentó en el borde la cama. Las palabras de la señora le intrigaron. ¿Por qué no puede continuar con la lectura? ¿Por qué piensa que su hora está cerca? Se veía mayor y cansada, pero no estaba enferma ni mucho menos. Y la pregunta más importante, ¿de qué otras cosas se arrepentía?

—Oh, ya veo. ¿Y no le gustaría que yo se lo leyera? Tal vez de esa manera descubra algo diferente, no sé, verlo desde otra perspectiva, un punto de vista diferente.

—Puedes tutearme querida. Pero no me agrada la idea de que alguien me lea. Cuando la vista empezó a ser más borrosa, probé los audiolibros, pero no es lo mismo. La sensación del papel en los dedos, pasar cada hoja, no poder dormir hasta terminar un capítulo... Ah, es uno de los pocos placeres de la vida. Y, gracias a Dios aun puedo leer, aunque ya menos que antes, pero cien años me exaspera, ¿sabes?, es una relación de amor/odio. Quiero leerlo, lo he intentado muchas veces, pero nomás no puedo. Me enoja y lo guardo, después lo vuelvo a ver y me emociona leerlo. Pero no puedo. No quiero.

—La entiendo Francisca, pero a lo mejor la puedo ayudar un poco. ¿Qué tal si le leo la primera hoja? Podríamos empezar por ahí. A lo mejor le gusta, a lo mejor entiende algo que no haya visto antes. Cierra los ojos y déjate llevar, son solo unos minutos. Total, si no te gusta, mañana puedo traer otro libro.

—¿Y cuál es el punto? ¿De qué serviría? Un libro que no haya leído no cambiara nada. No será la primera ni la última decepción en mi vida. El destino me ha golpeado duro, desde que era pequeña. Me quito un hijo, un seno y mis ilusiones. Yo hubiera querido ser escritora, aunque lo hubiera hecho solo para mí, nunca me importo el reconocimiento o el dinero. Le hubiera robado la inspiración a los días soleados, a las noches sin estrellas y a los libros de Poniatowska. Pero no lo hice, bien dicen que el hubiera no existe. Solo me queda rumiar mis penas, aderezándolas con la sal de la soledad y la pimienta del recuerdo. ¿Qué de malo tendría llevarme una última cosa que no hice a la tumba? Sería la piedra que colmaría mi rebozo, cargado durante tantos años a cuestas, lastimando mis hombros y mellando mi alma.

Adriana se quedó cabizbaja, viendo las uniones del azulejo. Las palabras de la anciana le llegaron directo al corazón. Hace no muchos años ella misma había sufrido la muerte de su madre, la cual, antes de dar el último aliento, le susurro al oído que jamás dejara de luchar por sus sueños. Vida solo hay una, hija, vívela intensamente, quédate donde tienes que estar el tiempo que tengas que estar. No fuerces nada, todo llega. Y Adriana, se quien tú eres, no quien esperan los demás que seas.

El recuerdo de su madre hizo que una lagrima bajara por su ojo. No tenía intenciones de ponerse triste, menos con Francisca, quien le había confiado un poco de su vida. Secó rápidamente con el dorso de la mano la mejilla y volteo a ver a Francisca. Estuvieron un momento en silencio, viéndose fijamente. El aire por la ventana revoloteó la cortina y su frescura le dio ánimos para intentar, por última vez, convencer a esa mujer por la cual ahora sentía complicidad, empatía y un poco de cariño.

—Tengo una idea. ¿Por qué no le dejo mi copia del libro? A lo mejor no ha funcionado el suyo —dijo la joven.

—¿Crees que eso funcione? —respondió Francisca, con una chispa de verdadera ilusión en sus ojos.

—¡Claro que sí! No perdemos nada y en todo caso, por lo menos no sentirá la necesidad de aventarlo en un cajón, ya que confío en que me lo devolverá intacto —le dijo mientras sacaba el libro de su bolsa y lo ponía suavemente en el regazo de la anciana.

—Ja ja ja hijita, aquellos libros que alguna vez me prestaron los devolví hechos trizas de tanto que los leía. —Pero súbitamente sus ojos se ensombrecieron y el tono de su voz, antes risueño, se volvió parco. —Aunque esta vez creo que no lo tendré conmigo tanto tiempo.

—No diga eso señora Francisca, mire que yo regreso el próximo lunes y si quiere, podemos platicar acerca de hasta donde llego en la lectura y comentamos las partes que más nos hayan gustado.

—Entonces hasta el lunes será mi niña.

—¡Hasta pronto!

Adriana salió del cuarto y con paso decidido, rostro en alto y sonrisa plena. Aunque no había logrado su objetivo –leerle a la señora-, se sentía satisfecha con el resultado. De verdad esperaba que Francisca leyera aunque sea unas páginas y, de esa manera, poder contribuir a que no tuviera una “decepción”, como ella le llamaba, más en su vida. Se subió a su carro, conecto la música y se encamino a su casa, a darles de comer sus peces, preparase la cena y dormir, completamente relajada y feliz.

***

Francisca se quedó un rato con el libro en las piernas. No recordaba haber tenido un ejemplar, ni de ese ni de ningún otro, tan lujoso. Era de pasta dura, con el título grabado en dorado y el nombre del autor en letras blancas. La portada era color verde, y al abrirlo por primera vez, el olor de casi nuevo le lleno la cara. Paso sus dedos por cada página, hasta llegar a donde comenzaba la historia. Pero un pensamiento cruzó su mente. No leería el primer párrafo. Ya se lo sabía de memoria. No tenía caso y tal vez, solo tal vez, si se saltaba esa parte, pudiera continuar con el resto. Con su decisión tomada, comenzó a leer.

La tarde se marcó por el sol y pronto la luna se asomó tímidamente en lo alto. Las luces se fueron apagando en el asilo, hasta que todo el edificio quedo a oscuras, solo alumbrado por las luces de emergencia. Francisca no podía dejar de leer. Había estado sentada durante muchas horas y las piernas comenzaban a entumirse. Sin separar la vista de las letras, como pudo se recostó en su pequeña cama y prendió la luz de noche. Si ya le era difícil leer en el día, en la noche, apenas con una luz que era poco más que una vela, le resultaba casi doloroso. Pero ni así podía soltar el libro. Aguantó lo más que pudo, hasta que el cansancio de los ojos la venció y con el libro sobre su pecho, se quedó dormida.

Durante los días siguientes, lo primero que hacía al levantarse era leer. Durante el desayuno, los descansos y las horas muertas no hacía más que leer. Y al llegar la noche se enojaba por no tener más tiempo. Incluso las monjas que llevaban el lugar, en más de una ocasión le reprendieron por tener la luz prendida tan tarde. Y así, mientras pasaban las horas, conoció la historia de Macondo, Úrsula y José Arcadio. Le encantó el coronel y lloró con la masacre en la plantación. Y ya al final, en el último párrafo, encontró la respuesta su propia soledad.

Sin darse cuenta, la semana se había acabado. Era lunes nuevamente. Y su plan anterior había fracasado. No el de no leer el libro, sino el de terminar con si vida. Pero esa idea ya le parecía tan lejana y difusa, que el solo hecho de recordarla ya no le traía consuelo. Mas bien la tomo como una estupidez. Sabía que Adriana llegaría en cualquier momento, entre las cuatro y las cinco de la tarde, por lo que una hora antes se bañó, arregló y perfumó, lista para recibirla en cuanto la puerta se abriera.

Adriana había tenido un día muy pesado en la oficina, al parecer no le hacía mucha gracia a su jefa que tuviera tanto tiempo libre y comenzaba a cargarle más trabajo, incluso cosas que no eran de su puesto. Trató de salir a su hora, pero a último momento, le habían dejado un reporte que era muy urgente que estuviera terminado antes de irse. A regañadientes lo hizo y entregó, pero ya pasaban de las siete de la noche. Sabía que las visitas en el asilo eran hasta las siete y media, por lo que acelero de más en el trayecto y justo entro diez minutos antes de que cerraran la puerta.

Casi corriendo llegó al cuarto de Francisca. Quería saber si por lo menos intentado leer el libro y también hacerle saber que había esperado volver a verla toda la semana. La anciana tenía el libro abierto en la última página, sobre sus piernas. Pero no hubo ninguna respuesta de ella cuando Adriana cruzó la puerta. Adriana pensó que se había quedado dormida, la sacudió un poco y su mano cayó a un lado, tirando el libro al suelo. La realidad se hizo evidente y las lágrimas comenzaron a brotar. Gritando llamo a las monjas, quienes llegaron lo más rápido que pudieron. Después de revisarla, la fatal noticia la noqueo por completo. Francisca estaba muerta.

***

Al día siguiente se presentó en el asilo, temprano, al entierro. No quería que esa señora estuviera sola en su último viaje. Fue muy triste ver que nadie de su familia había ido, y que solo estaban el sacerdote, la madre superiora y ella acompañándola. Al finalizar la escueta ceremonia, le dejaron un momento a solas en el cuarto de Francisca. Su libro estaba en la mesa de noche. Lo abrió en la última hoja y un mar de lágrimas se hizo presente en su cara.

“Adriana,

Esta vieja anciana no vivió cien años de soledad, aunque si una vida entera. Pero me has dado la semana más maravillosa que pude haber tenido en mis largos días. Sentí cada palabra de este libro y no puedo más que estar eternamente agradecida por no rendirte y convencerme de leerlo.

Espero que no sea el único que leamos juntas.

Cariños,

Francisca.”

Retrato

La soledad era su compañera. La locura su amante. Iba y venía, apoyando su alma cansada en una, cuando la otra le fallaba. Fiel a si mismo, poeta del olvido y de la noche, eterno enamorado del amor imposible, la muerte y los cuervos. Su vida transcurría entre botellas vacías, miseria y pesadillas. Abandonado a un mundo que no podía comprenderlo, no quería comprenderlo. De su familia no sabía nada, de su vida no entendía nada. Un alma vieja más, cansada de este mundo y sus hipocresías, retrataba con sus letras la decadencia que le embargaba.

Narrador de lo absurdo, tomaba inspiración de la carne putrefacta que emanaba de la morgue de su mente. Sus lapices eran huesos, su tinta sangre. El día le sabía amargo, tanto, que solo conviva con ratas y otros seres olvidados en cantinas y bares de mal agüero. Y así, lentamente llegaba la noche, con su luz a media vela y sus misterios y despechos. Y escribía frenéticamente, presa de un deseo incontrolable de sacar de su pecho aquello que le carcomía, que le mataba, que le enloquecía, que le entristecía. Día a día, noche a noche. Círculo perfecto de locura y soledad, todo cae en su sitio, palpitante, rutinario, bello.

Soñador maldito, nunca su sueño vio florecer. Y ante su imposibilidad de verlo realidad, cambio el alimento por libertad, el descanso por melancolía, la vida por demencia, la ovación por genio. Y cuando al final de sus días, la muerte, sabía cómo siempre, le visitó, el levanto la copa, la miro de frente y se dejó llevar, regocijado de al fin caminar de la mano de su vieja amiga. De al fin conocer aquello por lo que tanto había sufrido, por lo que tanto había vivido. De al fin terminar su pesadumbre y conocer la esencia misma de aquello que había escrito durante tanto tiempo.

Y hoy, a pesar de haber muerto hace tanto tiempo, su sombra se sigue extendiendo y opacando la luz de la lámpara, en esas noches de miedos y sueños, de pesadillas y calles desiertas, en cuartos de hotel y corazones rotos.