Retrato

La soledad era su compañera. La locura su amante. Iba y venía, apoyando su alma cansada en una, cuando la otra le fallaba. Fiel a si mismo, poeta del olvido y de la noche, eterno enamorado del amor imposible, la muerte y los cuervos. Su vida transcurría entre botellas vacías, miseria y pesadillas. Abandonado a un mundo que no podía comprenderlo, no quería comprenderlo. De su familia no sabía nada, de su vida no entendía nada. Un alma vieja más, cansada de este mundo y sus hipocresías, retrataba con sus letras la decadencia que le embargaba.

Narrador de lo absurdo, tomaba inspiración de la carne putrefacta que emanaba de la morgue de su mente. Sus lapices eran huesos, su tinta sangre. El día le sabía amargo, tanto, que solo conviva con ratas y otros seres olvidados en cantinas y bares de mal agüero. Y así, lentamente llegaba la noche, con su luz a media vela y sus misterios y despechos. Y escribía frenéticamente, presa de un deseo incontrolable de sacar de su pecho aquello que le carcomía, que le mataba, que le enloquecía, que le entristecía. Día a día, noche a noche. Círculo perfecto de locura y soledad, todo cae en su sitio, palpitante, rutinario, bello.

Soñador maldito, nunca su sueño vio florecer. Y ante su imposibilidad de verlo realidad, cambio el alimento por libertad, el descanso por melancolía, la vida por demencia, la ovación por genio. Y cuando al final de sus días, la muerte, sabía cómo siempre, le visitó, el levanto la copa, la miro de frente y se dejó llevar, regocijado de al fin caminar de la mano de su vieja amiga. De al fin conocer aquello por lo que tanto había sufrido, por lo que tanto había vivido. De al fin terminar su pesadumbre y conocer la esencia misma de aquello que había escrito durante tanto tiempo.

Y hoy, a pesar de haber muerto hace tanto tiempo, su sombra se sigue extendiendo y opacando la luz de la lámpara, en esas noches de miedos y sueños, de pesadillas y calles desiertas, en cuartos de hotel y corazones rotos.

Comentarios

Publicar un comentario